lunes, junio 4

Fragmento

 El movimiento constante, nervioso, el movimiento silencioso y ensordecedor, idas y vueltas, marcan el ritmo atónito de la desolación. La soledad la embrigaba, pronto se vió sumergida en un océano puro de lágrimas saladas. De sus labios brotaban gritos de auxilio, estaba (una vez más) empapada de dolor. El movimiento provenía de sus piernas temblorosas, no cesaba. Su corazón reclamaba atención, ansioso, desesperado, no sabía qué hacer con su miserable vida. 
Amor, por favor, le susurraba a la brisa que acariciaba sus mejillas.
Su cuerpo pesaba
su alma también.
 Creía que nadie podría rescatarla de aquel tormento, se rendiría ante las garras oscuras del abismo, caería lentamente, se recostaría en el regazo de la desolación sin otra alternativa. Se entegaría al tic-toc perturbador que latía tras ese antiguo reloj que reposaba en su muñeca, del cual era cautiva, estaba allí presente siempre para recordarle con qué rapidez se esfumaba cada maldito segundo, sin tener siquiera la sóla oportunidad de despedirlo. Las agujas remarcaban la tristeza que se apoderaba fugazmente de su ser.

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